jueves, 23 de agosto de 2007

LA COLUMNA DE Guillermo Alberto González Mosquera

Pasquines y más

Entre las armas sucias que se emplean en la política, los pasquines constituyen una de las formas más despreciables.

Son empleados por personas que nunca dan la cara y que difaman de los otros en la forma más baja y ruin, porque saben que al calumniar sin responsabilidad sus ofensas quedan en la impunidad.

Lo peor es que causan un enorme daño a la sociedad, enrarecen el ambiente, creando sombras de duda y fracturando a la comunidad. Esconden sus rencores, sus odios, sus resentimientos detrás de un papel anónimo en el que desfogan sus íntimas malquerencias.

La presente campaña no ha sido ajena a estas armas de la política sucia. Pero las gentes saben de donde vienen los pasquines, quienes los propician y con qué fin los emplean. Son los mismos que están dedicados a acusar, a maltratar a los adversarios políticos sembrando diariamente el odio, porque sencillamente no pueden combatir con ideas. Quieren atajar a la gente honesta y buscan imponer sus intereses mezquinos presentándose como renovadores y valientes. En el fondo son cobardes, puesto que rehúsan dar la cara y se valen del pasquín como su arma predilecta para desfigurar la política, que teóricamente es un noble ejercicio, si se practica con limpieza de corazón y noble ánimo.

Las gentes deben rechazar este tipo de actuaciones y con su voto, castigar a los culpables, que no son difíciles de identificar, porque el lenguaje que emplean los destapa e identifica.

Estoy seguro que esta ciudad, en su gran mayoría habitada por gente honorable, se encargará de hacer a un lado a los autores de semejante forma de hacer política. Y que sabrá reaccionar a la hora de hacer su escogencia. Hemos dicho durante toda esta campaña, que no ofendemos, que no calumniamos ni de nuestros labios salen agravios. Dejamos a otros esta tarea. Pero no permanecemos callados, sin denunciar que infortunadamente se está ensuciando al Cauca con estos procedimientos.

Análoga actitud se realiza con comportamientos y actitudes que reflejan una doble moral. Un mismo hecho se presenta como censurable si no conviene a los intereses de estos personajes, pero es bueno cuando tiene que ver con alguien a quien apoyan y protegen. El ejemplo más claro tiene que ver con la forma como se trató lo relativo al aval liberal. Guillermo Alberto González era culpable de actuar en contra de los estatutos liberales por haber acompañado a Uribe en su campaña electoral. Pero el Mono González, alto empleado del actual Gobierno, no tenía tacha ni había violado los esta­tutos. El argumento es sen­cillo: si no estaba de acuerdo con el Jefe del Estado debió renunciar por simple dignidad sabiendo que el liberalismo le había decretado la oposición al Gobierno de Uribe. Lo hizo después de un quinquenio perteneciendo a la nómina oficial.

¡Vivir para ver como decían los abuelos!