viernes, 14 de septiembre de 2007

Política y ética

POR: CARLOS E. CAÑAR SARRIA


Mucho se ha discutido sobre si existe o no relación entre la política y la ética, de si se puede o no ser político y a la vez ético.

Bertrand Rusell afirma que la política es la producción de los efectos buscados. Tesis que nos posibilita pensar que lo ético de la política depende de los tipos de efectos que persigue el político. Si tales efectos sólo están encaminados al favorecimiento de intereses privados, el ejercicio de la política pierde todo connotación ética. Si por el contrario, la política se ejerce como un ‘servicio público’, política y ética se corresponden mutuamente. Muchos pensarán que el requerimiento ético no sólo es cuestión de políticos sino también de todos los oficios y profesiones. Esto es cierto. El médico, el ingeniero, el mecánico, el maestro, etc. son éticos en cuanto presten un adecuado y responsable servicio a la comunidad. El poder político cobra mayor relevancia en la medida en que los que detentan el poder hacen depender de ellos todas las expectativas del conglomerado social. En otras palabras, quienes gobiernan tienen la difícil responsabilidad de que todo lo que está inmerso en el seno de la sociedad marche bien para garantizar la seguridad y tranquilidad de los asociados

Vivimos una época de grandes transformaciones, de rupturas y paradigmas, de esperanzas y frustraciones. La gente quiere encontrar un Estado más vivo, menos ausente y unos políticos más comprometidos. Se nota mucha desconfianza en el Estado en su papel de garante de bienestar material y espiritual de los asociados. El mundo postmoderno está impregnado de escepticismo y de desolación al constatar que nada de lo moderno es una realidad, comenzando por la democracia. En los procesos electorales se refleja la apatía de las personas por los políticos. Muchas pueden ser las razones, pero la verdad es que a los políticos les ha quedado grande velar por la felicidad de las personas. Concebir la política como servicio público, puede ser una salida al desencanto y frustración, ello podría enaltecer tanto la política como la misma sociedad. El ejercicio del sufragio parece ser lo que más se aproxima a lo que Rousseau entiende por voluntad general, la cual siempre es recta, indestructible, inalterable y pura; o sea, es lo que más se asemeja al bien común o a la felicidad de las personas.

Para Hegel, las instituciones sociales y políticas que no son garantes de la libertad de los individuos son como cáscaras vacías, la libertad del individuo sólo se logra en la participación comunitaria. De ahí que “lo que el hombre tiene que hacer, cuáles son las obligaciones con las que tiene que cumplir para ser virtuoso, es fácil de decir en una comunidad social ética: no tiene nada más que hacer que lo que le es conocido, expresado y señalado en las relaciones reales de esa comunidad”. En otro texto Hegel emite una sentencia que cala muy bien a nuestros legisladores y gobernantes: “Un pitagórico dio la siguiente respuesta a un padre que le preguntaba acerca de la mejor manera de educar éticamente a su hijo: hazle ciudadano de un Estado de leyes buenas”.

La política, por lo tanto, no puede considerarse como una actividad ajena a la ética. El éxito de la política no debe mediarse por la cantidad o capacidad de poder, si no en las realizaciones que se consiguen al servicio de la sociedad. Es aquí donde se puede constatar si un gobierno es o ha sido bueno o malo. El prestigio o la ruina del político, su legalidad y su legitimidad. ¡Mucho cuidado!